ColumnasMarla Debra

Más allá de los tamales

Comencemos desde el principio.

Sabemos que la mayoría de las celebraciones de la cultura mexicana tienen un origen prehispánico, que después de la llegada de los españoles se modifica y adquiere simbolismos europeos, católicos y refinados.

Y una de las fiestas más importantes de Veracruz tiene lugar en un pueblo mágico llamado Tlacotalpan.

Antes de ser una fiesta casi nacional, antes de que el lugar fuera considerado patrimonio por la UNESCO, a la orilla del río Grijalva se rendía culto a Chalchiuhtlicue, “la de falda jade”, diosa de las aguas y de la belleza, hermana o esposa de Tláloc. Ella tenía un valor material, mágico, místico y religioso.

A la llegada de la orden religiosa en pro de la evangelización, se sustituye el culto a la diosa Jade, por la celebración a la Virgen de la Candelaria.

¿Candelaria? ¡Ah pa’ nombrecito!

Si, Candelaria, pero no porque se refiera a un nombre de persona, sino por el contexto y origen que tiene.

Se dice que la tradicional festividad tiene origen en la primera visita de María y José junto con el niño Jesús, en la cual ella es purificada después de la cuarentena. Esta fiesta se conoce y se celebra con diferentes nombres, por mencionar algunos en diferentes lugares o partes del mundo son: La Presentación del Señor, La Fiesta de Las Candelas o La Fiesta de La Luz; donde Cristo es la luz del mundo quien vino a iluminar a todos como una vela o una candela y quien fue presentado por su madre en el templo, es aquí donde surge el nombre de la Candelaria.

¿Cómo te quedó el ojo? Bueno, sigamos, porque me urge hablar de los tamales.

Hay otra historia que dice que un anciano llamado Simeón -traductor de la biblia del hebreo al griego- dudó al querer traducir la palabra Virgen, porque creía que lo correcto era usar la palabra mujer. Se dice que en el momento de duda, recibió una revelación divina que le indicaba no cambiar la palabra, y que además no moriría hasta ver al niño Dios. Con esta promesa, Simeón llevaba candelas a la iglesia -como símbolo de la luz que el niño le traería- hasta que un día esa promesa se hizo realidad, y  pudo ver a la virgen María con el niño en brazos, y que por esa razón se le llamó “La Virgen de la Candelaria”.

¿No le convence? Bueno, no me digan nada a mí, eso dice la cultura popular.

Ya que sabemos cómo llegó a México esta traición, seguro muchos se preguntaran ¿por qué tenemos que comer tamales y tomar atole en vez de otro platillo? La razón es muy sencilla y es porque los tamales se preparaban desde la época prehispánica para las ofrendas que se hacían a los dioses. Ya saben que somos unos hijos del maíz, y desde siempre, se ha sabido que las ofrendas se preparan con él. En aquella época era un alimento esencial y como hoy, pero ahora es una ofrenda dedicada a los dioses prehispánicos y al Niño Jesús.

Ahora, así como que sea “a fuerza” que los tengas que comer, pues no. Pero ya sabes que al mexicano le sobran motivos para armar la fiesta y la tragadera, así que no seas aguacate, y si te tocó el niño en la rosca, ¡cumple con la tamaliza!

Por cierto, hablando de fiesta, regresemos a la que se arma en Tlacotalpan. De acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), la Candelaria puede celebrarse de dos formas: en una procesión dedicada a la virgen acompañada de música y pirotecnia (entre los lugares más conocidos en los que se hace están Coyoacán y Tlacotalpan), y la segunda es cuando los creyentes presentan a sus niños Dios en misa, para después invitar a la celebración en casa, en donde dan de comer los deliciosos tamales.

Desde hace más de un siglo, los habitantes de Tlacotalpan celebran el dos de febrero escoltando a la Virgen de la Candelaria en una fastuosa cabalgata en la que las mujeres portan el traje veracruzano tradicional , ¡ah qué bonitas se miran!

Después de la misa, se realiza una procesión que comienza por las calles de la Perla del Papaloapan y prosigue en el río en una lancha adornada con flores.

Tlacotalpan se llena de color, se escucha la música tradicional en cada esquina, se vislumbran las mojigangas y se come de todo, no solo tamales.

La Plaza Doña Martha es un rinconcito de Tlacotalpan que año con año cobija a los jaraneros y bailadoras que engalanan la fiesta con el tradicional fandango desde el 31 de enero y hasta el 2 de febrero. Los lugareños dicen que esos días “Dios llega a Sotavento”, y disfrutan del son jarocho y el zapateado acompañados de un buen torito de jobo y otras frutas.

¿Ya ven que no todo es tamaliza? Si has visitado Tlacotalpan en esas fechas, me gustaría que me compartieras tu experiencia  ¡Gracias por leerme! y no olvides compartir la columna. ¡Besitos!

Tlacotalpan te espera.
Alista ya tu sombrero
arpas, requinto y jaranas
hermosas veracruzanas
hallas el dos de febrero
tienes que ser el primero
llegar temprano al huateque
solo un poquito de suerte
y encuentras novia hermosa
con una suegra cariñosa
te llevas todo el paquete.

 

Marla.

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